2011/08/19

No se ruega

En toda mi vida no he soñado nunca con andar en bicicleta aunque siempre ha sido mi medio de transporte principal. Sueño con caminatas, con patines, con patinetas, con carros, pero nunca que ando en bici. Es extraño saber que lo que más ando no registra en mi inconsciencia como herramienta para el aseo de mi cerebro. Puede ser que como me siento más feliz desplazándome sobre dos ruedas, mi subconsciencia no lo reclama como medio para demostrarme lo que me molesta, nada me molesta cuando navego a viento de pulmón y motor de corazón.

Es, en todo sentido el medio de transporte individual que más se asemeja al vuelo. Lo que me recuerda la celebrada escena en el acto final de ET cuando los muchachos en su BMX toman los aires sobre la luna, es una fantasía catártica. Me acuerdo mi primera bici era larga y pesada pero el terreno no tenía muchas cuestas y habían bosques y caminitos de tierra y el pueblo y sus alrededores eran un mundo para explorar. Habían unas mansiones abandonadas con aspecto de locura, demencia y demonios que visitábamos, estaba la tiendita de los comics y el chicle, estaba el lago que se congelaba entero en invierno y que de noche se podía cruzar con la bici nada más para ver quien se despichaba, quien lloraba primero cuando el hielo tronaba.

Más no tuve bicicleta hasta los 21 años, cuando mi familia me dejó en Chile y me heredaron todos sus muebles y una “mountain”. Con ella cruce Ñuñoa, Provi y Bellavista incontables veces, por ir a trabajar, por pololear, por hacer la corta en el Drugstore, Santiago nunca se me hizo pequeño.

En Nueva York con mis primero $100 extra me encontré la tienda Bikes By George, un aterro de Jamaiquinos o Haitianos con un taller en la calle 11 entre 1 y A. La sensación de entrar en el frescor de esa cueva oscura de abstractos de mobilidad manubrios, cadenas, marcos, ruedas, de bicicletas viejas, nuevas, veloces, convenientes, y que negro que me atendiera se llamara George, me fue una experiencia mística. Seleccioné un modelo Schwinn clásico de los años 60, con tapabarros y sillín de caballo y no me bajé de ella en tres años.

La ciudad feróz de Friends y Raging Bull, de Do the Right Thing y el Show de Cosby, dejó de ser una fantasía y yo dejé de ser turista para convertirme en su criatura. Por sus calles bajos angostos y anchos los edificios en altura soportan la noción de modernidad mientras yo los rondeoaba encarnando el futuro de dicha noción. No necesito tacones ni un edificio con elevador, no necesito que me llamen a un taxi. Soy la reina solitaria de ese cabildo de fortuna, moda y creatividad real, soy falda ambulante no en venta, soy sin casco, sin seguridad, tengo pierna pa rato.

Volver al calor Centro Americano me soldó el rabo permanentemente a la bicicleta. Cuando se desplomaron esos dos edificios en mi antigua ruta dije ni cagando vuelvo a pagar por la gasolina que motivó esos ataques, ni menos a esa máquina militar que lo usó como justificación para financiarse 10 años más de guerra. Yo por la maldad no doy ni un centavo. Solía al principio hacer la excursión en carros prestados a ver a los compillas a San José, pero viajar veinte kilómetros para tener con quien hablar y escuchar música se me hizo absurdo, mas si el bus me hacía el cenicientazo a las 10. Trabajé en Santo Domingo de Heredia pero al ver que la gasolina me consumía un tercio de mi salario, aperré con los horarios de buses y llegaba igual. Y así sobre máquina que fuera, la Meseta Central si se mi hizo pequeño. Es lo mismo pegársela en cualquier lado mientras no se desprecie la compañía, tiene el mismo caché cualquier chinchorro mientras se aprecien a los presentes. Dicen que la familiaridad crea el desdén pero la independencia de la bicicleta le agrega espacio, misterio. Mi pueblo se me hizo eterno.

Aquí hay campo para lo que sea. Esta periferia contiene todas las posibilidades para construir lo que sea. Como lo recorro sobre el equilibrio del desplazamiento fácil, sólo puedo visualizar industrias iguales de livianos. La automotora no tiene que ser industria pesada, los vehículos pueden ser ultralivianos, igual de eficientes y más seguros de los que hoy circulan y que tienen tan corta vida util. En ocho años, dos mundiales, podríamos cambiar la flota entera de vehículos que circulan en Costa Rica, destetarnos de la gasolina, y dejar de tanto lloriqueo por accidentes, seguros, peligros, platinas y presas.

Aquí hay para poner galpones y llenarlas de tecnología para modelar y assamblar legítimas naves. Mini carros inteligentes, equipadas con sensores, con velocidades máximas y mínimas según el entorno que atraviesa, velocidad rural, velocidad urbana, velocidad de carretera, velocidad de carretera de noche, de día, de feriado, con lluvia, velocidad dirigida por semáforos inteligentes sobre calles citadinas de una vía y un solo carril, aceras para todos.

El estandar máximo del capitalismo, el carro va tener que socializarse si quieren que los socialistas juguemos a quien gana más, el tablero va tener que ser ordenada de tal manera que le de ventaja a los niños y prioridad a los ancianos, que nadie tenga miedo de envejecer solo y aislado o violentente arrollado en medio de la vida. Armarse y protegerse no es cambiar.

Cambio es rehacer el armario y no meterle más ropa hasta que no haya espacio. Cambio es rehacer las rutas de buses urbanas y dejar de tratar a San José como terminal. Cambio es reinvertir los excesos de Riteve y las grandes marcas de carro actual en un sistema de transporte que le favorece a todos y que acapara el aumento de población futuro. Dinero hay para tirar para arriba, el cambio es rico, el cambio siempre le hace jaque al aburrimiento.