No se, pero me sentía como la única niña en el universo obligada a caminar. Entre el Castella y Ciudad Colón hay 27 gloriosos y enredados kilómetros por medio. El bus que me asistía hasta Chepe, duraba la hora que dura hoy, e iba igual de repleto. El bus de Castella hacía parada frente a la Soda Tapia, habían dos, y el bus de la tarde iba por La Uruca, Barrio Mexico y me dejaba a tres cuadras de la Coca-Cola. Las aceras eran iguales de angostas, olía exactamente igual a cáscara, a fritura, a combustión y Don Billo era el que repartía pejivalle en 5 colones por tres.
En sexto papi ya trabajaba en Cariari, remodelando la casa a unos gringos, y había bus de Castella a Belén que me dejaba a la entrada del club de campo. Caminar esos tres kilometros me daban un espacio de silencio todo para mi. No se si los habré aprovechado, ya el enojo hormonal de la adolescencia me picaba el orgullo y me daba bronca ver pasar a otros chiquillos en carro. Me estaba dando mucha pereza ser la única gringa que conocía que no tenía plata.
Pasada por agua del colegio de Ciudad Colón, llegué a Country Day en Escazú con el enredo de la espinilla persistente y un closet que no incluía la moda de los ochenta. Apenas me puse hombreras y me florecía el pelo, pude calzar dentro de un arquetipo gringo que celebraba el cine de John Hughes. Aprendí que la sociedad gringa, inventada por campañas de publicidad en los 50s, veía toda la vida como un gran colegio, donde el nerd por persistente y tenáz siempre ganaba. Pero igual no me hacía gracia ser considerada “looser”. Y me humillaba llegar en la camioneta de papi en la que viajabamos los cinco miembros de mi familia y tenía rota la puerta de pasajero.
Apenas formé pandilla, nos tomamos las calles de Escazú caminando de Bello Horizonte a la Paco en menos de una hora a cualquier hora de la noche entre fiestas con la pachita presente y la muñecada de tomarnos de la mano con él que nos gustaba. Se nos hacía mejor la banda sonora que la película Pretty in Pink cuando empezamos a fumar hierba, y fue por eso que me fueron a Chile a vivir con el mi Compadre Chris.
Caminar en Santiago era lo mejor! Cuadras de cuadras de orden y aceras anchas. Andabamos todos en bus, y todos fumaban cigarrillos Avance en los buses. Andabamos a dedo, entre fiesta en Los Dominicos y fiesta en Pedro de Valdivia Norte, el Caracol de Providencia y el Cine Las Lilas. Ya lo de gringa hambrienta me favorecía por la industria de publicidad y por “exótica” no me faltaba nunca la plata. Andar en carro no era requisito para calzar, no era importante, no era parte de “ganar”. Caminar era parte de la delicia de vivir, y ser jóven, y ser estudiante, y aprender mapas con las rutas más directas y dejarse perder igual por calles nunca antes recorridas diseñadas para el caminado, avenidas con nombres, casas con números, una indicación clara de norte y sur, occidente y oriente, pares e impares.
Si quería sentirme como “alguien” bastaba ir a caminar.
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